El presidente de Los Elders, Juan Manuel Santos, pronunció la 24.ª Conferencia Anual Nelson Mandela en Sudáfrica, bajo el título «¿Cuándo se convierte el silencio en complicidad?». Lea su discurso:
Hace treinta años, llegué a Sudáfrica llevando conmigo el peso de un país en guerra.
Vine en 1996, como exministro de Comercio, para entregar a Sudáfrica la presidencia de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, que hasta entonces había ejercido Colombia. Lo que esperaba que fuera un breve acto protocolario se convirtió en uno de los mayores privilegios de mi vida: pasar casi tres horas con el presidente Nelson Mandela, Madiba.
En aquella conversación hablamos de cómo nuestros países se encontraban en momentos muy distintos de su historia.
Sudáfrica estaba dejando atrás el apartheid y enfrentando su doloroso pasado a través de las audiencias públicas de la Comisión de la Verdad y Reconciliación.
Recuerdo cuánto me impresionó ver esas audiencias por televisión aquella mañana.
Mandela me explicó cómo las víctimas y los responsables de la violencia hablaban ante la nación con el firme propósito de avanzar hacia la reconciliación, dando voz a verdades que durante mucho tiempo habían sido negadas o silenciadas.
Colombia, en cambio, como le conté a Mandela, se adentraba en uno de los períodos más oscuros de su historia. Apenas unos años antes habían sido asesinados varios candidatos presidenciales y líderes políticos. El Estado había derrotado al cartel más poderoso que el mundo hubiera conocido. Pero todavía no podíamos imaginar la magnitud de la violencia que vendría: la consolidación de poderosos grupos armados, la expansión del narcotráfico y las masacres que devastarían comunidades enteras. El conflicto armado con las guerrillas estaba en pleno auge.
Le dije que, para entonces, la violencia se había vuelto tan familiar que muchos colombianos ya no veían la guerra como una tragedia, sino como una parte inevitable de nuestra vida cotidiana.
Durante toda nuestra conversación, Madiba escuchó con una atención extraordinaria. Esa era una de sus grandes cualidades. Sabía escuchar como pocos.
Hablamos de las heridas que deja la violencia, del difícil equilibrio entre la paz y la justicia, y del valor que se requiere no solo para enfrentar a un enemigo, sino también para imaginar un futuro en paz en el que ese enemigo tenga un lugar.
Al final de nuestra conversación, un profundo silencio llenó la sala. Entonces Madiba me miró y dijo: “Colombia y Sudáfrica son países similares en muchos aspectos, pero sin paz, Colombia nunca despegará”.
Esas palabras nunca me abandonaron.
Me recordaron algo que había aprendido muchos años antes, cuando servía en la Armada: un marino debe saber siempre hacia qué puerto navega. Sin un destino claro, todos los vientos se vuelven desfavorables. Con un destino claro, incluso los vientos más fuertes en contra pueden ayudar a que la embarcación avance. Lo mismo ocurre en la vida, en los negocios y en el gobierno.
Aquel día en Johannesburgo, Mandela me ayudó a ver con mayor claridad mi destino: una Colombia en paz. Y nunca habría podido imaginar adónde me llevaría esa conversación.
No podía imaginar que tendría la responsabilidad de hacer la guerra como Ministro de Defensa y, al mismo tiempo, crear las condiciones para negociar la paz.
Tampoco podía imaginar que, veinte años después de conocer a Mandela, Colombia firmaría el Acuerdo Final de Paz de 2016 con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, las FARC, la guerrilla más antigua y poderosa del hemisferio occidental, contra la cual el Estado colombiano había luchado durante más de medio siglo. Nuestro proceso de paz fue cuidadosamente planeado y recogimos lecciones no solo de Sudáfrica, sino de otros procesos de paz en el mundo, como los de Irlanda del Norte, Sri Lanka y El Salvador.
Nunca habría podido prever que, treinta años después de conocer a Madiba, regresaría a Sudáfrica como presidente de Los Elders, la organización que él mismo fundó en 2007 para promover la paz, la justicia, los derechos humanos y un planeta sostenible.
Y ciertamente nunca imaginé que algún día estaría ante ustedes para pronunciar este discurso en nombre de Madiba.
Lo hago, además, en un momento especialmente significativo, cuando Colombia conmemora el décimo aniversario del Acuerdo de Paz que puso fin a décadas de conflicto armado con las FARC.
Eso le da a esta ocasión un significado aún más profundo.
Todo esto podría parecer una simple coincidencia. Pero para mí revela algo más profundo.
Un encuentro se convirtió en una idea. Esa idea se convirtió en un propósito. Ese propósito orientó decisiones. Y esas decisiones ayudaron a cambiar el rumbo de mi país.
La historia no está predeterminada. Pero los encuentros importan. Las palabras importan. Y los silencios también importan.
Unas pocas palabras, pronunciadas en el momento adecuado, pueden cruzar fronteras. Pueden perdurar durante décadas. Pueden seguir teniendo un impacto mucho después de que quien las pronunció ya no esté presente.
Gabriel García Márquez, mi compatriota y también premio Nobel, me dijo una vez algo que nunca he olvidado: una palabra equivocada puede desencadenar una guerra. Pero una palabra adecuada también puede construir la paz.
El silencio también puede tener ese poder. Puede permitir que la injusticia perdure, que el sufrimiento permanezca invisible y que las promesas queden sin cumplir. El silencio también puede desatar una guerra.
Pero no todo silencio nace del miedo. Y muchas veces guardar silencio exige también un gran valor.
El silencio puede crear el espacio en el que realmente escuchamos. Y escuchar de manera constructiva, aprender del otro, era algo que Madiba siempre alentaba. A veces, las palabras pronunciadas demasiado pronto, o con rabia, solo hacen más difíciles las situaciones y pueden cerrar puertas que deberían permanecer abiertas.
El desafío, por tanto, no consiste simplemente en hablar o guardar silencio. Consiste en saber cuándo el silencio es sabio y cuándo se convierte en complicidad.
¿Podía Mandela, con su profunda intuición moral, haber imaginado que sus palabras y sus silencios, en aquella sala en 1996, viajarían tan lejos —de Johannesburgo a Bogotá— y perdurarían durante tanto tiempo?
No lo sé. Pero así fue.
Veinte años después de aquel memorable encuentro, en 2016, Colombia eligió la paz. Esa paz ha traído muchos beneficios, algunos de los cuales apenas ahora comenzamos a reconocer.
Pero hoy no es momento de guardar silencio. Comunidades de toda Colombia siguen esperando que se cumpla plenamente lo que firmamos, porque la implementación del Acuerdo de Paz por parte de los dos últimos gobiernos ha dejado mucho que desear. Hoy es más importante que nunca alzar la voz y exigir su plena implementación.
Sudáfrica y Colombia enfrentaron luchas muy diferentes.
Sudáfrica negoció el fin del apartheid y el nacimiento de una nueva democracia multirracial.
Colombia negoció el fin de una guerra de cincuenta años con las FARC, no solo para detener las muertes, sino para abordar las causas estructurales del conflicto y hacer realidad las promesas del Estado en territorios donde durante mucho tiempo había estado ausente.
Sudáfrica transformó las bases de su orden político. Colombia buscó hacer más equitativa y accesible una democracia ya existente.
Sin embargo, más allá de estas diferencias, nuestros dos procesos de paz estuvieron marcados por dilemas similares: momentos en los que el silencio podía permitir que la paz avanzara, pero también momentos en los que podía impedir que llegara.
Imaginen qué habría pasado si el silencio hubiera prevalecido al comienzo de cada proceso.
Mandela podría haber seguido tras las rejas. Los movimientos de liberación podrían haber seguido censurados. Y el apartheid podría haber perdurado porque ningún líder hubiera estado dispuesto a decirles en voz alta a los sudafricanos blancos que este no podía continuar.
En Colombia, el Estado y las FARC podrían haber permanecido atrapados en el mismo ciclo de violencia de los últimos cincuenta años, cada uno convencido de que la derrota total de su enemigo era la única manera de definir la victoria.
En cambio, durante la primera década del siglo XXI, comenzaron a surgir lentamente las tres condiciones que habíamos identificado como necesarias para un proceso de paz exitoso.
Primero, la presión militar había convencido a las FARC de que ya no podían alcanzar su objetivo mediante la guerra.
Segundo, los países de la región apoyaban una solución negociada, una condición necesaria en cualquier guerra asimétrica.
Y tercero, al volverse vulnerables por primera vez, los líderes de las FARC habían comenzado a comprender que, para sus propios intereses, era mejor alcanzar la paz que continuar la guerra.
Pero las condiciones favorables, por sí solas, no generan la paz.
Alguien debe aprovechar el momento y abrir el camino alzando la voz, incluso cuando guardar silencio es el lugar más seguro y cómodo.
Fui elegido presidente de Colombia en 2010 como un héroe de guerra. Y cuando hablé de hacer la paz, casi todos, incluso mi propia familia, me advirtieron que no lo hiciera.
“No lo hagas”, me decían. “Todos los esfuerzos de paz con las FARC han fracasado. Todos tus antecesores han fracasado. Te llamarán traidor. Perderás todo tu capital político. Y no lo lograrás”.
Continuar la guerra era una opción mucho más segura.
Pero un buen amigo, Shlomo Ben-Ami, exministro de Relaciones Exteriores de Israel, me dio un consejo distinto. Me dijo: “Sé por lo que estás pasando. Pero imagínate al final de tu vida, frente a tu tumba, mirando hacia atrás y preguntándote: ¿cuántas vidas habría podido salvar si hubiera asumido el riesgo y hubiera tenido éxito? ¿Te irías a la tumba en paz contigo mismo, sabiendo que no tuviste el valor de asumir el riesgo de hacer lo que creías correcto?”
Esas palabras me convencieron de asumir el riesgo.
Tanto en Colombia como en Sudáfrica, las primeras conversaciones exigieron discreción y confidencialidad. A veces, la paz necesita silencio para echar raíces.
Pero llega un momento en el que las conversaciones confidenciales deben convertirse en un compromiso público, en el que los líderes deben decirle a su gente que un enemigo puede convertirse en un interlocutor, que la historia puede cambiar de rumbo y que la paz es posible.
Si el silencio hubiera prevalecido, Sudáfrica y Colombia podrían haber perdido su oportunidad, y otra generación podría haber sido condenada a la guerra, la violencia y la opresión.
Imaginen ahora qué habría pasado si se hubiera permitido que la violencia tuviera la última palabra.
En Sudáfrica, la transición transcurrió entre masacres, asesinatos políticos y momentos en los que el país parecía al borde de una guerra civil.
Cuando Chris Hani fue asesinado en 1993, la nación quedó al borde de la catástrofe.
En ese momento, si el silencio hubiera prevalecido, habría dejado un vacío que se hubiera llenado de rabia, miedo y venganza.
Pero Madiba encontró el valor para dirigirse a la nación. Llamó a los sudafricanos a mantenerse unidos, a enfrentar el dolor con determinación y a no permitir que el asesinato de Hani destruyera el futuro democrático por el que tantos habían luchado. Les pidió que no dejaran que la tristeza y la rabia determinaran el destino de Sudáfrica.
Colombia enfrentó una situación similar.
Decidí negociar mientras el conflicto continuaba. En otras palabras, no se acordó un cese al fuego bilateral desde el principio, y las negociaciones avanzaron sin él hasta alcanzar un acuerdo sobre todos los puntos de la agenda. Fue una decisión deliberada, necesaria, pero muy difícil, porque cada ataque provocaba indignación y cada muerte aumentaba la presión para pararse de la mesa. Negociar la paz y hacer la guerra al mismo tiempo es ciertamente difícil, pero en este caso fue necesario para tener un proceso de paz serio.
Así, no se permitió que la violencia tuviera poder de veto sobre el futuro de Colombia.
En cambio, en nuestro propósito de reconciliación, pusimos a las víctimas en el centro del proceso. Por primera vez en un proceso de paz, las víctimas fueron reconocidas y comenzaron a recibir reparaciones antes de que terminara la guerra.
Les contaré una anécdota:
Mi antiguo profesor de Harvard, Ronald Heifetz, me advirtió que estaba eligiendo un camino extremadamente difícil, porque hacer la paz es más difícil que hacer la guerra. Me dijo que viviría la soledad y el silencio del poder, y que sin duda me desanimaría y muchas veces sentiría la tentación de tirar la toalla.
Por eso me aconsejó escuchar a las víctimas, conocer su dolor y sus dramas, porque sus historias me devolverían la energía, me darían fuerzas para perseverar y me ayudarían a mantener claro mi destino.
Tenía razón.
Hubo una historia en particular que me impresionó más que ninguna otra: la de Pastora Mira, en una de las regiones cafeteras de Colombia.
Asesinaron a su padre, a su esposo y a su hermano. Y a su hijo lo torturaron y lo asesinaron. Tres días después de enterrar a su hijo, un joven herido llamó a su puerta pidiendo ayuda. Ella lo cuidó y lo dejó dormir en la cama que había pertenecido al hijo que acababa de enterrar.
Cuando se recuperó y estaba a punto de salir, el joven vio una fotografía de Pastora Mira con su hijo, guardó silencio, se arrodilló y luego exclamó:
“Por favor, por favor, no me diga que este es su hijo”.
Pastora le dijo: “Sí, ¿por qué lo pregunta?”.
Entonces él comenzó a llorar y a repetir: “Por favor, perdóneme, perdóneme”.
Ella le preguntó qué quería decir.
“Usted ha sido tan buena conmigo. Tengo que decirle la verdad. Yo fui quien torturó y mató a su hijo”.
Pastora lo miró en silencio, lo tomó por los hombros y le dijo: “Levántese”.
Lo miró a los ojos. Él seguía llorando. Entonces lo abrazó y le dijo: “¡Gracias!”.
Desconcertado, él exclamó: “¿Por qué me da las gracias si acabo de confesarle que maté a su hijo?”.
Ella le respondió con mirada bondadosa, que al decir la verdad, pedir perdón y asumir su responsabilidad, la había liberado de odiar por el resto de su vida.
Invité a Pastora a acompañarme a Oslo cuando recibí el Premio Nobel de Paz. El mismo premio que Mandela había recibido veintitrés años antes.
Y dije en mi discurso que recibía el Nobel en nombre de Pastora Mira y de las diez millones de víctimas de esta terrible guerra.
Tanto en Sudáfrica como en Colombia, los procesos de paz sobrevivieron porque se impidió que la violencia tuviera la última palabra y porque las voces que había intentado silenciar fueron finalmente escuchadas.
Por último, imaginen qué habría pasado si hubiéramos dejado que la paz volara sola después de firmar los acuerdos.
Sudáfrica podría haber dado por concluida su tarea al alcanzar un acuerdo político. Pero ese acuerdo todavía tenía que convertirse en una norma constitucional basada en la igualdad de derechos, la dignidad humana y el Estado de derecho.
Los antiguos enemigos todavía tenían que aprender a convivir bajo las mismas instituciones democráticas, en los mismos barrios, e incluso a jugar rugby juntos en el mismo equipo, como lo relató de manera memorable mi buen amigo John Carlin en su libro El factor humano.
Las elecciones de 1994 hicieron realidad esa transformación. Millones de sudafricanos votaron por primera vez y Mandela se convirtió en presidente. El Gobierno de Unidad Nacional reunió a antiguos adversarios, mientras Mandela y F. W. de Klerk demostraron que quienes habían sido enemigos podían compartir la responsabilidad por el futuro.
Colombia enfrentó una prueba similar.
Alcanzamos un Acuerdo de Paz con las FARC después de más de cincuenta años de guerra y cinco años de negociaciones. Sin embargo, fue rechazado por un margen muy estrecho en el plebiscito de 2016.
¿Por qué perdimos? Debo reconocer que nos confiamos demasiado y subestimamos el poder de las noticias falsas. No se imaginan las mentiras tan escandalosas que se dijeron. Yo creía que la gente nunca las creería. Me equivoqué.
Podríamos haber ignorado el resultado y haber tenido oídos sordos frente a quienes votaron No. O podríamos haber usado la derrota como excusa para abandonar la paz por completo.
En cambio, elegimos escuchar.
Al día siguiente del plebiscito, jóvenes como ustedes, como los delegados de One Young World que hoy tenemos el privilegio de tener aquí entre el público, salieron a las calles. Llenaron casi todas las plazas del país y exigieron un nuevo acuerdo: “¡Acuerdo ya!”. Esa era su consigna.
Inspirados por esa energía y determinación, abrimos un diálogo nacional. Invitamos a la oposición a sentarse con nosotros y reformular conjuntamente el acuerdo alcanzado. Incorporamos la gran mayoría de sus propuestas y regresamos a la mesa de negociación con las FARC. Pocos días después, se logró un nuevo acuerdo.
El acuerdo revisado fue refrendado por el Congreso con una amplia mayoría. La Corte Constitucional ratificó posteriormente el proceso. Desde entonces, el Acuerdo ha producido logros significativos.
Más de 13.000 exintegrantes de las FARC ingresaron al proceso de reincorporación. Las Naciones Unidas recibieron e inutilizaron más armas por combatiente guerrillero que en cualquier otro proceso de paz. Se puso en marcha un sistema de justicia transicional único. Y las FARC dejaron de existir como organización armada y se convirtieron en un partido político.
En Colombia, las balas fueron reemplazadas por los votos.
En todo el país, las comunidades aprovecharon los dividendos de la paz para desarrollar proyectos rurales, impulsar iniciativas de reconciliación y crear oportunidades productivas. Estos esfuerzos han fortalecido la cohesión social y mantenido vivo el espíritu del Acuerdo.
El conflicto armado había terminado oficialmente, pero desde entonces grupos disidentes, organizaciones criminales y otros actores armados han ampliado su presencia territorial, financiados por el narcotráfico, la minería ilegal y otras economías ilícitas. Sus acciones no responden a motivaciones políticas. Buscan el control territorial y el beneficio económico mediante la gobernanza criminal. Se han convertido en mafias muy bien conectadas y coordinadas, un problema que afecta a toda América Latina y que también está creciendo aquí, en África.
Algunos de mis rivales políticos, por razones políticas y en una cínica distorsión de la verdad, intentan sostener que esto es resultado del Acuerdo de Paz de 2016. Es todo lo contrario.
La falta de voluntad política y de capacidad de los dos últimos gobiernos para implementarlo plenamente, a pesar de su obligación constitucional de hacerlo, es la principal causa de nuestros problemas actuales.
Precisamente por eso, el Acuerdo sigue siendo no solo pertinente, sino indispensable. Contiene muchas de las respuestas a los desafíos de Colombia: extender el Estado de derecho a los territorios abandonados, reducir la desigualdad rural, proteger a las comunidades, fortalecer las instituciones democráticas y reemplazar la gobernanza criminal por una autoridad estatal legítima y eficaz.
La lección es que implementar los acuerdos de paz es crucial. El 50 % de los acuerdos de paz en el mundo han fracasado durante sus primeros cinco años por falta de implementación.
Para completar esa tarea, Colombia tiene mucho que aprender de la manera en que Sudáfrica ha intentado preservar, renovar y defender el acuerdo democrático que Madiba ayudó a forjar hace más de treinta años. Pero en ambos países queda mucho trabajo por hacer para promover una sociedad igualitaria y diversa, en la que se protejan los derechos de todas las personas, independientemente de su raza, género, religión, nacionalidad o creencias políticas.
La paz real y duradera es como una planta: necesita alimento, cuidado y atención permanente. Y quienes construyen la paz deben perseverar.
Pero esta responsabilidad no termina en nuestras fronteras.
Queridos amigos:
No podemos guardar silencio en un mundo en el que la guerra vuelve a normalizarse como instrumento de la política de los Estados; en el que se desconocen abiertamente el derecho internacional y los principios de la Carta de las Naciones Unidas; en el que instituciones como la Corte Penal Internacional son atacadas e intimidadas directamente; y en el que los civiles pagan el precio mientras las atrocidades quedan impunes y la diplomacia retrocede.
El orden internacional creado para limitar la agresión y proteger a los civiles está siendo erosionado no solo por quienes violan sus principios, sino también por quienes se niegan a defenderlos, por quienes eligen guardar silencio.
Debemos decirlo con claridad: ¡la fuerza no hace el derecho!
Y pocas personas lo han demostrado con tanta claridad como Navi Pillay, a quien felicito calurosamente por recibir el Premio Nobel de Paz 2026.
Desde la defensa de activistas contra el apartheid, incluido Mandela, hasta su labor en favor de los derechos humanos y el Estado de derecho en el escenario global, su vida nos recuerda que la paz no puede descansar en la voluntad del más fuerte, sino en la fuerza del derecho.
Espero que este reconocimiento aliente a los líderes de todo el mundo a defender el derecho internacional en un momento en que está cada vez más amenazado.
Cuando los gobiernos guardan silencio porque alzar la voz resulta políticamente inconveniente o económicamente costoso, no están preservando la neutralidad ni demostrando prudencia geopolítica. Están ayudando a convertir las violaciones en precedentes, y los precedentes en un nuevo orden internacional regido por la fuerza y no por el derecho.
Cuando los Estados tienen el poder de oponerse a la injusticia, pero eligen no actuar, el silencio deja de ser cautela. Se convierte en complicidad.
Y la complicidad puede convertirse en un hábito. Los líderes que se acostumbran a mirar hacia otro lado ante una injusticia tras otra van perdiendo el valor para actuar, la visión para liderar y el instinto para reconocer las amenazas que ponen en riesgo nuestra existencia.
Hace unos meses, en el Vaticano, inspirado por la encíclica del Papa, me uní a otros premios Nobel y líderes mundiales para firmar una declaración sobre inteligencia artificial y armas nucleares. Advertimos que la humanidad se encuentra en un punto decisivo: después de ochenta años de era nuclear, es un milagro que no hayamos tenido una guerra de este tipo. Pero el riesgo está creciendo. Y ahora que entramos en la era de la inteligencia artificial, que puede llegar a tomar decisiones militares, estamos al borde de una catástrofe. Por eso el mundo no puede permitir que converjan la tecnología de las armas nucleares y la inteligencia artificial.
Pero la declaración fue más allá de las máquinas y los códigos de lanzamiento nuclear. Se refirió a algo de lo que siempre ha dependido la paz: el valor de la verdad y la necesidad de protegerla en la era de la inteligencia artificial. Porque sin hechos no puede haber una verdad compartida. Sin verdad no puede haber confianza. Y sin confianza no puede haber diálogo, verificación ni contención entre las naciones.
Nada de esto significa rechazar la tecnología. Bien utilizada, la inteligencia artificial puede ayudar a curar enfermedades, proteger el medio ambiente y llevar educación a quienes nunca han tenido acceso a ella. Utilizada de manera irresponsable, puede eliminar empleos, profundizar la desigualdad, afianzar regímenes autoritarios e inundar nuestras sociedades de desinformación.
Estas no son, en esencia, preguntas técnicas. Son preguntas de gobernanza: quién toma las decisiones, a qué intereses responden y quién rinde cuentas cuando las cosas salen mal.
Los períodos de incertidumbre geopolítica son precisamente aquellos en los que debemos invertir en el diálogo, fortalecer la cooperación y alzar la voz.
Hace treinta años, Madiba me dijo que, sin paz, Colombia nunca despegaría.
Hoy puedo decir que Colombia cambió de rumbo. Pero cambiar de rumbo no es lo mismo que llegar a nuestro destino.
El viaje sigue inconcluso en Colombia, en Sudáfrica y en un mundo en el que demasiadas vidas siguen marcadas por la guerra, la exclusión, la injusticia y el miedo.
Madiba nos dejó una brújula moral para llegar a ese destino.
Cuando fundó Los Elders, Madiba nos llamó a apoyar el valor donde hubiera miedo, promover el acuerdo donde hubiera conflicto e inspirar esperanza donde hubiera desesperación.
Nos enseñó que liderar no consiste en humillar a un adversario, sino en construir un futuro en el que quienes fueron enemigos puedan vivir juntos.
Y tanto con sus palabras como con sus silencios, nos mostró que la sabiduría consiste en saber cuándo escuchar y cuándo la conciencia nos exige hablar.
Podemos aceptar un mundo regido por la fuerza o defender uno regido por el derecho.
Podemos permitir que la tecnología profundice el miedo y la división o asegurar que esté al servicio de la dignidad humana.
Podemos tratar la paz como la ausencia temporal de violencia o construir la justicia, las oportunidades y la confianza sin las cuales la paz no puede perdurar.
Y podemos guardar silencio ante las promesas incumplidas y el sufrimiento evitable, o podemos alzar la voz, asumir nuestra responsabilidad y actuar.
Durante mis años en la Armada, aprendí que conocer el puerto de destino no calma las tormentas. No elimina los obstáculos ni garantiza un viento favorable.
Pero nos indica en qué dirección debemos navegar cuando el horizonte desaparece.
Mandela me ayudó a ver esa dirección con claridad hace treinta años.
La paz sigue siendo el destino de Colombia. Hacer realidad la promesa de libertad, igualdad y dignidad humana sigue siendo el destino de Sudáfrica. Y el destino de la humanidad debe ser un mundo en el que el derecho sea más fuerte que la fuerza y la verdad sea más fuerte que el engaño y la desinformación.
Las aguas que tenemos por delante no siempre estarán en calma. Pero el destino no ha cambiado. Por eso debemos mantener el rumbo. Debemos completar el viaje.
El destino es la paz. Debemos defender nuestra humanidad compartida. Y el silencio no es una opción.
Este mensaje es especialmente importante para los jóvenes del mundo, incluidos quienes están aquí hoy.
Mi generación no siempre les ha entregado el mundo que merecen. Pero el futuro aún no está escrito. Está en sus manos.
Así que defiendan lo que es correcto, incluso cuando sea difícil. Tomen la iniciativa. Sean audaces. Protejan nuestra casa común, el planeta. Y nunca acepten la idea de que la guerra, la injusticia o la división son inevitables.
Parafraseando a William Ernest Henley, cuyas palabras inspiraron profundamente a Madiba: sean los dueños de su destino y los capitanes de su alma.
Hablen cuando el silencio se convierta en complicidad.
Ahora les corresponde a ustedes tomar el timón.
Muchas gracias.
